Yo seré tu espejo

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Estamos rodeados de espejos; los libros, las películas, Facebook, el smartphone, nuestra cara, la cara de los demás,… cualquier soporte comunicativo es un espejo, donde a veces nos reconocemos nítidamente, otros nos vemos simplificados e incluso deformados, y otras elevados hasta nuestra mejor versión.

En una red social estamos rodeados de gente y la comunicación fluye sin parar en todas las direcciones, lo que sobre el papel definiría un escenario idílico de relación. Pero sin embargo, los estudios muestran como un porcentaje estimable de personas sienten soledad, ya que probablemente es lo que ellas ven al reflejarse en ese espejo.

La comunicación entendida como emisor-receptor-mensaje es tan cierta como insuficiente. Define la macrocomunicación, pero apenas roza el corazón de nuestras relaciones; las dinámicas microcomunicativas. Pasa igual que con la macroeconomía, hace un diagnóstico preciso del país, pero no explica, ni mucho menos entiende, lo que ocurre en nuestros bolsillos.

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El día del camión de la marmota

El camión de la basura

En algunas ciudades los contenedores de basura incorporan sensores que envían un mensaje al camión de recogida cuando están llenos. Esto permite optimizar la ruta, ahorrar costes y tener al usuario más contento. La recogida constante de datos permite que se tomen mejores decisiones y que afloren necesidades ocultas.

El día de la marmota

Las empresas nos monitorizan constantemente; a través de la actividad en redes sociales, del historial de navegación, los datos que les “chiva” el smartphone, y con la ayuda de sensores de todo tipo que de modo natural se han integrado en nuestras vidas.

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Storytelling y política

La política está que arde ahora mismo, casi todos estamos interesados en el relato que ofrece cada partido para interpretar la realidad que vivimos y, sobre todo, en el papel que reservan para nosotros.

El relato, storytelling, es consustancial a la política, aunque su uso más premeditado y sistemático arranca hace unos 50 años en EEUU, más o menos con el discurso de Luther King, que hoy continua escribiendo Barack Obama; desde entonces se ha profundizando en su uso cada vez con más intensidad, aunque no siempre con el mismo grado de acierto; quizás recordéis la historia de la niña que sacó Rajoy en un debate con Zapatero.

Storytelling y política

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Publicidad: la gran industria de la ineficiencia

 Este post puede que no le guste a todo el mundo. No pasa nada, mi punto de vista puede estar equivocado, y afortunadamente no es el único.

Que la publicidad es una industria rematadamente ineficiente no lo digo yo, lo dicen todos los estudios. El 99,5% de los impactos publicitarios no logran su propósito más básico, conectar con el público.

El discurso dominante justifica esta ineficiencia por motivos estructurales; sobresaturación de la oferta, economía de la atención,… Estos condicionantes existen, pero no solo para la publicidad. La clave es, ¿cómo los afronta la publicidad?; ¿cómo un reto? o ¿cómo una excusa para ser cada vez peor?.

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Voy a ceñirme a cuatro hechos muy concretos, que a mi juicio definen patrones de comportamiento muy extendidos, aunque por fortuna, no los únicos.

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El impostor

Sinceramente; a veces, bastantes veces, me siento un impostor. Me suelo ocurrir cuando escribo aquí. O cuando participo en foros donde depositan mucha confianza en lo que yo pueda decir. Puede que este sentimiento tenga algo que ver con mis antecedentes.

Hace muchos años, más de 30, tuve el enorme privilegio de montar en un trillo. El trillo, básicamente, es un instrumento de labranza tirado por bueyes o mulas, de unos 5.000 años de antigüedad, que separe el grano de la paja en cereales como trigo, centeno,…

Esta singular experiencia no la viví en un museo; la viví en Lanseros, el pequeño pueblo de Zamora donde vivían mis abuelos y acudía a pasar buena parte del verano. Allí, bajo el sol de Castilla, era donde mi abuela gobernaba aquella embarcación tirada por dos vacas grandes y fuertes.

Mis primos, mis hermanos y yo, peleábamos por acompañar a mi abuela haciendo de grumetes. Pero éramos tantos que había que turnarse para disfrutar de una pequeña porción de viaje mágico.

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¿Qué han hecho los romanos por nosotros?

Estas pasadas vacaciones  Breanna Mitchell visitó el campo de concentración de Auschwitz. Y pensó que era una buena idea inmortalizar el momento en un colorido selfie donde lucía su bonita sonrisa. Al poco de compartir la foto en sus redes se convirtió en trending topic mundial. Y así Breanna, una anónima chica estadounidense, fue la tonta de guardia de unos cuantos soleados días de agosto. La insensible Breanna, la comehamburguesas sin cerebro que frivoliza con el exterminio de millones de personas.

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Me compadezco de Breanna, todo el mundo se siente en el derecho de juzgarla, aunque solo la conozcan por una puñetera foto. Un mal día lo tiene cualquiera; si hicieran públicos los momentos más cuestionables de la vida de cualquiera de nosotros, probablemente el resultado sería bastante patético. Y más cuando los verdaderos prejuicios suelen estar con frecuencia en los ojos que miran.

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La tecnología es lenta; horriblemente lenta.

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La tecnología es tan lenta que aún no ha encontrado el modo de convertirnos en inmortales y eternamente jóvenes. Y mira que llevamos tiempo pidiéndolo. Ni siquiera ha encontrado un modo fiable y definitivo de iluminar muchas de las estancias más oscuras de nuestra vida.

¿Cuántos tiempo pasó desde que Leonardo Da Vinci imaginó el autogiro hasta que la tecnología fue capaz de construir algo semejante?. O hasta que se hicieron realidad los prodigios que Julio Verne había concebido en su mente.

No nos engañemos, la tecnología es lenta. Rápida es nuestra mente, que se mueve entre la urgencia y la pura necesidad de ir derribando muros para seguir adelante.

En este vertiginoso trayecto construimos herramientas esperando que nos sirvan de ayuda; pero no tenemos ninguna garantía, todo sigue quedando en nuestras manos. El avión queda en las manos del piloto o del controlador. O la cirugía estética bajo el criterio del cliente o del cirujano.

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La realidad aumentada y la puñetera realidad

Fijaos en esta imagen.

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En los toros, los picadores cubren los ojos del caballo con un antifaz. El objetivo es que el animal no escape al ver el fregado en que le meten. Hace siglos hacían lo mismo para que los caballos no desertaran de batallas que no eran la suyas. Fijaos ahora en esta otra imagen.

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¿Tiene alguna similitud con la anterior?. Quizás suene alarmista o provocador, pero con demasiada frecuencia las fascinantes nuevas tecnologías de comunicación también se parecen a cosas como esta:

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Los perversos límites de la creatividad

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La comunicación audiovisual nos exige ser constantemente innovadores y creativos. Los post de mis compañeros de blog son un magnífico ejemplo.  La pregunta que hoy lanzo es; ¿qué limites debe aspirar a romper esa innovación? ¿Estéticos?, para lograr una puesta en escena más impactante. ¿Comunicativos?, para alcanzar el enfoque más deslumbrante. ¿Sensoriales?, para ofrecer al público una experiencia totalmente inmersiva. ¿Eso es todo? A mi juicio, la respuesta es un no rotundo, ya que falta lo más importante. La creatividad y la innovación deben alcanzar la esencia del propio mensaje.

Pongo un ejemplo muy actual; Coca-Cola acostumbra a sorprendernos con campañas que derrochan innovación y creatividad de puertas para afuera. Pero hace pocas semanas surgió una noticia incómoda de puertas para adentro; el cierre de algunas plantas de embotellado y los consiguientes despidos de trabajadores. Estaremos de acuerdo en que este tipo de acontecimientos se prestan poco a anunciarlos de una manera creativa.  Tampoco son innovadores, al contrario, son de una monotonía hiriente; los ERE’s, los despidos, los cierres de plantas, la dispersión de responsabilidades, el tirar balones fuera. Nada innovador ni creativo ¿no?, al contrario, tristemente familiar.

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